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Archivo para la Categoría "MITOS Y LEYENDAS"

Orígen del Nombre Patagonia

 

Orígen del Nombre Patagonia

Por José Ramón Farias

 

 

Llamamos Patagonia a la vasta región que extendida en forma de punta triangular entre los dos grandes Océanos, cubre el extremo del Continente Sudamericano, partiendo del límite natural que es el Río Colorado.. Hablar del origen de su denominación es entrar en el terreno de la fantasía. La etimología de Patagonia no debe buscarse en su geografía natural sino en la histórica. Con tal nombre, en efecto, se designa al país habitado por unos aborígenes que Magallanes, en su expedición descubridora de 1520 habría bautizado de Patagones.

¿Cuál es el verdadero significado de Patagón? Generalmente se considera que tal denominación la lograron por el tamaño de sus pies, que parecían enormes debido a las abarcas u hojotas de cuero de guanaco que los cubrían, dejando en su trajinar en la arena o en la nieve unas huellas desmedidas. Pero la palabra Patagón no es aumentativo de "pata". En castellano la "pata" puede dar lugar, si es excesiva, al apelativo de patón o patudo; pero nunca a patagón. Retrocediendo en el tiempo para suerte y gloria de Magallanes se había embarcado en la Trinidad, nave capitana, en calidad de supernumerario, un joven italiano natural de Vicenza, que se enroló como Antonio Lombardo por ser de Lombardía, que se apellidaba Pigafetta. Al correr de los azarosos tres años que duró aquel viaje (del cual fue uno de los escasos sobrevivientes) Pigafetta llevó cuenta minuciosa de todo lo que contemplaban sus ojos deslumbrados, y en base a estos apuntes redactó años después en una mezcla de italiano y veneciano con alguna salpicadura de español, un relato titulado "NAVEGACIÓN Y DESCUBRIMIENTO DE LA INDIA SUPERIOR", cuya primera copia manuscrita donó a Felipe de Villers de I’Isle Adam, gran maestre de Rodas su superior entonces, pues Pigafetta abría de alcanzar el grado de caballero de aquella orden.

Cuando la escuadrilla yace fondeada en el Puerto de San Julián, en disposición de invernar, Pigafetta relata lo que sigue: …"nos demoramos allí dos meses enteros sin ver jamás habitante alguno; un día cuando menos lo esperábamos vimos un gigante que estaba al borde del mar casi desnudo y bailaba, saltaba y cantaba, y al mismo tiempo se echaba arena y polvo sobre la cabeza …". Más adelante, y como los naturales empezaran a llegar, Pigafetta se extiende sobre la figura de éstos, su vestimenta, mujeres y ceremonias, los usos y costumbres, para terminar señalando: nuestro capitán (Magallanes) llamó a esta gente Patagoni. Así dice la versión manuscrita en italiano, de la cual pocos años después aparecieron copias manuscritas vertidas al francés, y en ellas figura el vocablo Patagons.

Respecto al origen del nombre las opiniones están muy divididas. Algún historiador asegura que el nombre de Patagón no fue dado a los aborígenes por sus grandes pies (lo que parece ser la tesis más difundida) sino a causa de la apariencia deforma que le daba esa especie de grosera polaina de piel de guanaco mal ajustada, semejante a los mocasines de los pieles rojas; para concluir que la palabra Patagón derivaría de "pata de cao" (pata de perro). Otros se inclinan a ver en Patagón a "pata de oso", a causa de esa ojota que le cubría el pie dándole un aspecto de ser redondo. Otros en cambio (más verosímilmente) se inclinan al termino originario de "pata gao", que en portugués significa pie grande. También han pretendido encontrar la etimología de la palabra en la deformación fonética de términos quechuas, y hasta pretender que se bautizó con ese nombre a los naturales del sur avistado en San Julián, porque los navegantes tomaron el nombre de Pathagon (monstruo con cabeza de perro) de una novela de caballería española. Pero estas afirmaciones no son fáciles de asimilar porque Hernando de Magallanes no era, que sepamos, afecto a los libros de caballería y sus monstruos de cabeza de perro; ni conocía la civilización y el idioma quechua, como tampoco el pampa. Su bautismo de los aborígenes debe haberse originado en cualquiera de éstos dos adjetivos calificativos que cruzaron su mente: patán o patón, como que ambos apelativos les calzaba bien, términos que en portugués el idioma nativo del descubridor, se pronuncia patao y pata-goa que con sus plurales de pataoes o patagoes, respectivamente. Pigafetta y los primeros cronistas que le siguieron serían los causantes de la deformación o variación fonética de cualquiera de dichos términos en Patagones, el que pronto se generalizó ganando adeptos para introducirse definitivamente en el léxico argentino y en la historia.

 

- José Antonio Farias -

Fuente: Guía del Chaco

 

 

La Laguna de Leandro

 

 

La Laguna de Leandro

 

Cuentan que hace muchísimos años, vivía en Queragua, distrito de Humahuaca, un runa llamado Leandro, bueno y trabajador. Tenía un rancho de adobe, su mujer, un rebaño de ovejas y una tropa de llamas.

En uno de sus viajes a Tres Morros conoció a un viejo arriero puneño, quien le contó que en los primeros tiempos de la conquista española habían llegado emisarios del Inca Atahualpa, pidiendo todo el oro y la plata que tuvieren, para pagar su rescate. Cumplida su misión, regresaban ascendiendo trabajosamente por la Quebrada de Humahuaca, con sus llamas cargadas al máximo, cuando se enteraron de que el Inca había sido muerto por los españoles. No deseando que los tesoros recogidos cayeran en poder de los enemigos, arrojaron sus cargas en las proximidades de una solitaria y casi desconocida laguna, situada a unos 4170 metros sobre el nivel del mar, al noreste del pueblo de Humahuaca .

Leandro y su mujer no vivían tranquilos pensando en la forma de apoderarse del fabuloso tesoro, hundido en las serenas aguas de la laguna legendaria. Resolvieron que el único medio posible sería desagotarla, construyendo un zanjón de desagüe en la zona de más declive del terreno. Leandro puso manos a la obra.

Los días y los meses pasaban cuando una tarde de febrero comenzó a bramar el viento, se encrespó la laguna, bramó el trueno y emergió súbitamente del agua la figura de un formidable cuadrúpedo con las astas de oro puro. Tan aterrorizado estaba Leandro que ni siquiera podía moverse. Desaparecido el espantoso animal en las profundidades de la laguna, el runa regresó a su casa. Juró que nunca volvería y que todo eso era un aviso de Apu-Yaya (Viejo dios del cerro) por su afán de destruir la laguna.

Sin embargo Leandro volvió a las andadas, y cuando se creía muy próximo al triunfo, apareció otra vez el terrorífico animal luciendo su cornamenta de oro. El animal, dirigiéndole una imagen centelleante, lo inmovilizó y lo fue atrayendo lentamente hacia el centro de la laguna, hasta que desaparecieron tragados por el agua. Leandro pagó así, su temeridad y avaricia.

Cuenta la gente del lugar, que en las noches tormentosas cuando arrecia el viento, se suele oír el golpear de las piedras que Leandro tira, para rellenar la tierra que en mala hora cavó en su insensatez e irreverencia.

 

- Marcelo R. Mirabal -

Jujuy, Argentina

 

Fuente: folkloredelnorte.com.ar

 

 

 

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La tijereta

 

LA TIJERETA

(Leyenda güaraní)

 

Sucedió hace muchísimos años. Tupá había decidido que las almas de los que morían y que debían llegar al cielo, lo hicieran volando con unas alitas que Él enviaba a la tierra por medio de sus emisarios. Claro que para los mortales esas alitas eran invisibles. Una vez que el alma llegaba al ibaga, Tupá destinaba esa alma a un ave que Él creaba con tal objeto, de acuerdo a las características que hubiera tenido en vida la persona a quien pertenecía.

En un pueblito guaraní vivía Eíra con su madre. Ésta, que había quedado imposibilitada, dependía para todo de su hija, que a su vez se dedicaba a atenderla y cuidarla, ganándose la vida con su trabajo. Eíra era costurera, y para tener a mano la yetapá que tantas veces necesitaba, la llevaba colgada a la cintura, sobre su blanco delantal, por medio de un cordón oscuro.

Muy trabajadora y diligente, a Eíra nunca le faltaban vestidos para confeccionar, de manera que era muy común verla con tela y tijera, cortando nuevos trabajos. Se hubiera dicho que la tijera formaba parte de ella misma. Por la mañana, al levantarse y luego de haberse vestido, lo primero que hacía era atarla a su cintura teniéndola pronta para usarla en cualquier momento.

Viejecita y enferma como estaba, y a pesar de los cuidados que le prodigara, la madre de la laboriosa Eíra murió una noche de invierno, cuando el frío era muy intenso y el viento soplaba con fuerza. Grande fue la pena de esta hija buena, dedicada siempre y únicamente a su madre y a su trabajo. Desde ese momento quedó sólo con su tarea, a la que se entregó con más ahínco que nunca tratando de distraerse, porque su pena era muy intensa y la desgracia sufrida la había abatido de tal forma que perdió el deseo de vivir.

La tijera así suspendida acompañaba el ritmo de su paso y brillaba el reflejo de la luz, cuando la costurera se movía de un lugar a otro. No mucho tiempo después de la muerte de su madre, la dulce y sufrida costurera enfermó de tristeza y de dolor, tan gravemente que no fue posible salvarla. Eíra había sido siempre buena, excelente hija y laboriosa y diligente en sus tareas, por lo que Tupá llevó su anga al cielo. Allí creó para albergarla un pájaro de plumaje negro, con la garganta, el pecho y el vientre blancos. Omitió los matices alegres y brillantes considerando que su vida había sido humilde, opaca y oscura, aunque llena de bondad y sacrificio.

Cuando Tupá hubo terminado su obra, Eíra se miró y miró a Tupá como intentando pedirle algo. El Dios bueno, que conoció su intención, dijo para animarla:

-¿Qué deseas, Eíra? ¿Qué quieres pedirme?

Conociendo la amplia bondad de Tupá, comenzó humilde y avergonzada a pedir… ¡ella que jamás había pedido nada!

-Tupá… Dios bueno que complaces a los que te aman y respetan… yo desearía…

-¿Qué es lo que quisieras, Eíra?

-Tú sabes que durante toda mi vida sólo al trabajo me dediqué y quisiera tener un recuerdo de lo que me ayudó a vivir…

- Dime, entonces… ¿qué es lo que deseas?

-Yo desearía tener una tijerita que me recordara la que tanto usé en mi vida en la tierra y que contribuyó a que sostuviera a mi madre…

Encontró Tupá muy de su agrado el pedido de la muchacha, por la intención que lo inspiraba, y tomando las plumas laterales de la cola las estiró hasta dar a la misma la apariencia de una yetapá, como lo deseara la costurera, otorgándole, además, la propiedad de abrirla y cerrarla a su voluntad, tal como hiciera durante tanto tiempo con la de metal con que cortara las telas. Por la semejanza, precisamente, que tiene la cola de esta ave con la tijera, la llamamos tijereta.

 

Fuente: Leyendas Argentinas

 

 

 

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La Cruz de los Milagros

 

 

"LA CRUZ DE LOS MILAGROS"

(Leyenda Argentina)

 

Hay en la Iglesia del Milagro, en Corrientes, una rústica cruz que es venerada con el nombre de "Cruz de los Milagros". Una curiosa leyenda justifica ese nombre.

Cuenta la tradición que los españoles, cuando fundaron San Juan de Vera de las Siete Corrientes, llamado hoy Corrientes, después de elegir el lugar y antes de levantar el fuerte, decidieron erigir una gran cruz, símbolo de su fe cristiana.

La construyeron con una rama seca del bosque vecino, la plantaron luego, y a su alrededor edificaron el fuerte, con ramas y troncos de la selva.

Construido el fuerte y encerrados en él, los españoles se defendían de los asaltos que, desde el día siguiente, les llevaban sin cesar las tribus de los guaraníes, a los cuales derrotaban diariamente, con tanta astucia como denuedo. Los indios, de un natural impresionable, atribuían sus desastres a la cruz, por lo que decidieron quemarla, para destruir su maleficio. Se retiraron a sus selvas, en espera de una ocasión favorable, la cual se les presentó un día en que los españoles, por exceso de confianza, dejaron el fuerte casi abandonado.

La indiada, en gran número, rodeó la población, en tanto que huían los pocos españoles de la guardia, escondiéndose entre los matorrales.

Con ramas de quebracho hicieron los indios una gran hoguera, al pie de la cruz que se levantaba en medio del fuerte. las llamas lamían la madera sin quemarla; un indio tomó una rama encendida y la acercó a los brazos del madero; entonces, en el cielo límpido, fue vista de pronto una nube, de la cual partió un rayo que dio muerte al salvaje.

Cuando los otros guaraníes lo vieron caer fulminado a los pies de la cruz, huyeron despavoridos a sus selvas, convencidos de que el mismo cielo protegía a los hombres blancos. Los españoles, que escondidos entre la maleza presenciaban tan asombrosa escena, divulgaron luego este suceso, que no cayó, por cierto en el olvido. En la Iglesia del Milagro, en Corrientes, se encuentra hoy la Cruz de los Milagros: se la guarda en una caja de cristal de roca, donada por la colectividad española.

Extraída de "Antología Folklórica Argentina", del Consejo Nacional de Educación, Guillermo Kraft Ltda., 1940.

 


 

La ciudad de Vera de las Siete Corrientes

FUNDACION DE LA CIUDAD DE CORRIENTES:

 

Juan Torres de Vera y Aragón, el último adelantado del Río de la Plata, se propuso fundar una ciudad, que sería la última de cuatro fundaciones que había pactado con su antecesor Juan Ortiz de Zárate, con la corona española. Ya se habían fundado Santa Fe, Buenos Aires y Concepción del Bermejo. Además era necesario contar con un puerto intermedio entre Asunción y Santa Fe para proteger a los navegantes que recorrían en una u otra dirección, de los ataques de los indígenas hostiles.

A este fín, un lugar ya avistado en 1581 por el Padre Juan de Rivadeneira denominado las siete Corrientes, se presentaba como el más propicio al encontrarse en una distancia equidistante de las poblaciones ya fundadas, siendo por ello recomendado al rey.

De esta manera el primer contingente salió desde Asunción el 25 de enero de 1588 al mando de Hernando Arias de Saavedra, encargado de arrear 1.500 cabezas de ganado vacuno y otras tantas caballar por tierra, mientras que el segundo lo hacía por el río a fines de febrero al mando de Alonso de Vera, sobrino del Adelantado.

Por último y el tercer contingente partió el Adelantado con el grueso de la gente que formaría la población de nuestra ciudad. Partiendo de la misma el 6 de abril de 1588.

A mediados de marzo, al llegar a Siete Corrientes debía elegir el sitio más apropiado, pacificar a los indígenas de las inmediaciones y despejar el terreno para el asentamiento. El lugar elegido y preparado por Alonso de Vera era conocido como Arazáty ("abundancia de Guayabos"), donde actualmente esta el punto de partida del puente General Belgrano.

El día domingo 3 de Abril de 1588, los aborígenes observaban, que en el centro de una empalizada de construcción reciente se reunían soldados, un fraile franciscano, algunas mujeres y niños. Presidía la reunión el licenciado Juan Torres de Vera y Aragón, adelantado.

Luego de labrada el acta de la fundación, en la que decía: "En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu, tres personas y un solo Dios verdadero, y de la Santísima Virgen su madre y del rey don Felipe nuestro señor: yo, el licenciado don Juan Torres de Vera y Aragón …, en cumplimiento de las capitulaciones …., fundo y asiento y pueblo la ciudad de Vera en el sitio que llaman de las Siete Corrientes, provincia del Paraná y del Tapé …".

Eligieron el lugar para la iglesia mayor, a la que dieron por advocación a Nuestra Señora del Rosario, y colocaron una cruz como acto de posesión.

De esa época data el episodio conocido como "el Milagro de la Cruz" o "la Cruz del Milagro".

A la semana de la fundación, 6 abril de 1588, fueron atacados por una multitud de bárbaros, a las dos de la tarde; salieron treinta y seis españoles de infantería, para defenderse hicieron espaldas a un arrollo que vertía el Paraná formaron al frente una trinchera con la que se defendieron toda la tarde de aquel día y los dos subsiguientes, sin comer ni beber. El sábado, víspera de Ramos, al salir el sol, sucedió el triunfo de la cruz de la siguiente forma:

"Esta Cruz, que fue la primera que enarbolaron por la señal del nombre cristiano y para dirigir la población, se hallaba muy inmediata al pequeño fuerte y se persuadieron los bárbaros de que los españoles eran socorridos por algún brazo fuerte, máxime habiendo experimentado que sus flechas rechazaban de la Cruz sobre ellos, intentaron pegarle fuego tres veces, cercándola de leña, y viendo que no sólo no se quemaba, sino que de ella salían rayos, al oír un estruendo como un cañonazo huyeron todos, quedando algunos pidiendo paz."

En la actualidad se conmemora la fundación de Corrientes y La Cruz de los Milagros el 3 de Mayo, que desde 1730 en la actual iglesia de la Cruz de los Milagros esta guardado este símbolo, el cual se realiza solemnes procesión y actos rituales.

NOTA: Resulta curioso observar que la Cruz de Cristo en tierra Guaraní implantada en Corrientes por Juan Torres de vera y Aragón, se vincula con una vieja teoría guaraní sobre la creación del mundo.

En aquella atmósfera cosmogónica, nuestro padre grande (Ñanderú Guazú) se autodescubrió en medio de las tinieblas. Luego con su omnipotencia creó a la mujer (Ñandesy) nuestra madre; y a continuación sembró la primera planta de maíz.

Otra variante de aquel mito sería la de los dioses gemelos creados de "la luz que emanaba de su propio corazón", encarnados en Kuarajhí (sol) y Yasy (Luna). Por tradición los mellizos fueron convocados por otros dioses para crear la Tierra. Cumplida la obra de creación, volvieron a sus auténticas moradas.

 

Fuente: oni.escueles.com.ar

 

 

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Las luciérnagas

 

 

Las luciérnagas

(Leyenda guaraní-Argentina)

 

Isondú fue el hombre más hermoso entre todos los guaraníes. El más alto, el más fuerte, el más hábil. Había que verlo disparando una flecha, remando en la canoa, bailando en las ceremonias de los payés (médico hechicero).

Cuando era chico, no había madre en su tevy (familia extensa de los guaraníes que configuraba una unidad social y ocupaba una única gran vivienda) que, al verlo reírse, no le hiciera una caricia y, cuando le llegó la hora del tembetá (amuleto guaraní que llevaban los hombres adultos. Consistía en un palito en forma de T que atravesaba el mentón) ya había muchas indiecitas que querían casarse con él. A todas les gustaban sus manos diestras, su mirada penetrante y su perfume a madera.

Junto con el amor que despertó en tantas muchachas, se despertó también la envidia de los hombres. Los que habían jugado con él sobre las hojas de palmera y más tarde en los claros o en el río ahora le tenían rabia. Por eso prepararon la emboscada.

A Isondú lo esperaron un atardecer. Temprano habían cavado el pozo en el camino y lo habían disimulado bien: ya se sabe que los guaraníes eran especialistas en cazar con trampas, y esta ya estaba lista. Después se sentaron a esperar, y a tomarse la chicha de maíz que habían llevado.

Isondú volvía de la aldea vecina, donde tenía parientes. Venía solo, pensando en una chica que había conocido allí, la única muchacha que estaba seguro de poder querer. Sin duda pronto se casaría con ella, ya se la imaginaba junto a él, con el cuerpo adornado con pinturas y una flor – la orquídea más hermosa que él pudiera encontrar – en su largo pelo negro. Contento y cansado iba por los caminos de la selva, espantándose los mosquitos de tanto en tanto. A él, tan grande y fuerte, se lo veía pqueño al lado de los árboles inmensos.

Cuando faltaba poco para llegar a su aldea, empezó a escuchar las risas y los gritos de sus enemigos. Pero no se inquietó, porque era joven, no le tenía miedo a nada y había sido siempre demasiado dichoso como para suponer que se acercaba la desgracia. Cuando escucharon sus pasos, los otros se quedaron callados. De pronto, Isondú tropezó entre unas lianas y cayó en el pozo.

Los otros salieron enseguida de sus escondites y empezaron a reírse y a burlarse de él:

- ¡Isondú! ¡Isondú! ¡Te cazamos como a un tapir!

- A ver, ¿de qué te sirve ahora ser tan valiente?

- ¡Isondú! ¡Ahí va un anzuelo para que muerdas! ¿O querés que llamemos a tu mamita para que te salve?

Y mientras tanto le tiraban palitos, frutos y unas bolitas de arcilla dura con las que cazaban ratones y los pájaros.

Isondú les gritaba:

- Pero, ¿qué hacen? ¿qué les pasa? ¿qué les hice yo, cobardes? – Y desde abajo les devolvía los proyectiles.

Uno de los agresores le contestó:

Ya vas a ver si somos cobardes. – Y agarró su maza y le pegó a Isondú en un hombro, en la cabeza, en la espalda… Los demás se envalentonaron y entre insultos hicieron lo propio: el cuerpo de Isondú se fue llenando de cardenales y de sangre, y allí quedó, acallado, caído sobre un costado en el fondo del pozo.

En la selva era casi de noche. Los asesinos seguían en el borde de la trampa, paralizados por el miedo. De pronto vieron confusamente que Isondú se movía, que su cuerpo tomaba de a poco la forma de un insecto y que en el lugar de cada herida se encendía una lucecita. Isondú agitó sus alas y salió volando: ya estaba libre.

Un momento después centenares de Isondúes se dispersaban en la selva, debajo del techo que forman allí los árboles, los helechos y las lianas, iluminando intermitentemente la noche guaraní. Muchos de estos insectos traspusieron los ríos, dejaron atrás la selva y se perdieron en el campo. En la Argentina, algunos le siguen diciendo isondúes, otros los llaman bichos de luz, otros tuquitos y otros luciérnagas. En las noches más oscuras vuelan a nuestro alrededor, y, cuando creemos que se han ido, se encienden otra vez unos metros más allá, como estrellas terrenales.

 

Fuente: Folklore del Norte

 

 

 

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Leyenda del ombú

 

 

 

LEYENDA DEL OMBÚ

 

       Por Tercero Arriba, por los pagos del Tercero y por San Justo, los paisanos del lugar dicen historias como éstas:

       El ombú suele aparecer raramente… Lo creen árbol bueno, su raíz enorme y retorcida con grandes protuberancias sirve de guarida a los perros.

       Lo creen un árbol bueno porque generosamente da sombra al caminante. Cuando Dios hizo el mundo, después de haber hecho los mares y la tierra, los hombres y los animales, cuando hacía las plantas, a cada una le preguntaba lo que quería ser. Cuando le llegó el turno al Quebracho, éste le dijo:

       – Tata Dios… ió quero ser juerte y duro pa’ resistir los golpes de la suerte, y Tata Dios lo hizo juerte y duro. Cuando le llegó el turno al jacarandá, éste dijo:

       – Tatita… ió quero ser coqueta como mujer, y Tata Dios la hizo coqueta…

       Después le llegó el turno al cañaveral…

       – Qué querís ser vos?… le dijo Tata Dios…

       – Ió quero ser, Tata Dios, largo y duro pa’ ser lanza e’ soldado y picana ‘e los bueyes en el trabajo ‘e las carretas… dijo el cañaveral del cañadón…

       Por último le llegó el turno al ombú y éste al ser preguntado por Tata Dios, le contestó:

       – Tata Dios… ió quero ser coposo para dar sombra y descanso a los caminantes; ió no quero flores ni perfumes, ni vistosos colores, ni jugo, ni siquiera fruto… que mi tronco sea blando y que ni los clavos puedan quedar clavados en mi madera… Tata Dios… ió quero hacer el bien a los hombres… ió quero aliviarles las fatigas cuando cruzan las llanuras y los montes, los ríos y montañas bajo el sol calcinante y muertos de sed en medio de la tierra reseca por el fuego y el calor…

       Y Tata Dios lo hizo como le pidió el ombú.

       Pasaron muchos siglos y siglos… Vino el Redentor del mundo, salvó a los hombres y éstos lo crucificaron. Cuando el ombú lo supo corrió y pidió hablar con Tata Dios… Tatita Dios consintió y el pobre ombú lleno de dolor; le dijo:

       – Tata Dios… cuando usted hizo los árboles les preguntaba a todos qué querían ser… y tuitos querían ser bonitos, lindos y juertes… Ió no quería nada d’eso pa’ que jamás pudiera servir de cruz, como sirvieron otros otros árboles p’al Hijo de Dios que nos trajo amor al mundo…

       – ¡Ah…já!…bueno m’hijito… mi hais ienao de satisfacción… A naides había oído hablar tan lindo, dijo Tata Dios… y abrazándolo, le dijo:

       – Ió te protegeré por toda la eternidad para que sigas haciendo el bien a los hombres…

 

Julio Viggiano Esain

(Libro:Leyendas cordobesas)

 

 

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Como nacieron los picaflores

 

 

 

 

COMO NACIERON LOS PICAFLORES

(Leyenda Mapuche)

 

 

              Cerca del lago Paimún, oscuro y silencioso como un estanque, donde el tiempo se amansa junto con la corriente, vivían hace mucho tiempo dos hermanas: Painemilla y Painefilu. Las dos eran jóvenes y hermosas, y un día un gran jefe extranjero se enamoro de Painemilla. La muchacha y el inca se casaron y se fueron a vivir a su hermoso palacio de piedra, construido en la cercana montaña de Litran-Litran.

              Pronto Painemilla supo que esperaba un hijo, y el inca convoco a los sacerdotes para que hicieran sus profecías. Uno de ellos dijo que nacerían un varón y una mujer, y que los dos, en señal de distinción, tendrían en el pelo una hebra de oro.

              Como se acercaba el momento del nacimiento y el inca tenia que viajar a sus tierras del norte, Painemilla le pidió a Painefilu que subiera al palacio para hacerle compañía. Así se reencontraron las dos hermanas, pero las cosas ya no fueron como antes, Painefilu sentía una envidia inconfesable de Painemilla, de su vida que parecía tan fácil, tan plácida, colmada de abundancia y de amor… Odiaba su facilidad para hacerse querer y su aparente ignorancia de los malos sentimientos… le dolía verla acariciar distraídamente su vientre que crecía, mientras se sentaba  a tejer o a trenzar los Kupulhues, y sola, durante muchas noches, no pudo pensar en otra cosa más que en los ojos amantes con que el inca había mirado a su hermana al despedirse.

              Painefilu trataba de disimular sus sentimientos y cuidaba mucho a Painemilla, pero sentía que el mundo se achicaba a su alrededor, que el corazón se le volvía pesado y duro y que ya no podía levantar la cabeza para mirar a nadie a los ojos.

              Con el nacimiento pareció enloquecer: convenció a su hermana de que había parido una pareja de perritos y escondió a los hermosos mellizos que habían recibido en sus brazos. Hizo fabricar un cofre, acomodo en él a los bebes y mando que lo arrojaran en la zona más correntosa el lago Huechulafquen. En el palacio Painemilla lloraba espantada, mientras amamantaba a dos perritos.

              Cuando el inca estuvo de vuelta, no hubo manera de que perdonara a su mujer. Furioso, dando enormes pasos que resonaban sobre las piedras del piso, con su mano alzada como para castigarla, echo a Painemilla, la mando a vivir a la cueva de los perros e hizo matar a los cachorritos. Painefilu, sombría, siguió viviendo en el palacio, cada vez mas callada, como si todo lo que había pasado pudiera tragárselo el silencio.

              El agua del Huechulafquen se abrió para recibir el cofre donde dormían los hijos de Painemilla y sé cerro sobre el cubriéndolo de espuma. Pero la caja se asomo unos metros mas allá y se mantuvo milagrosamente a flote, oscilando entre las olas, nadando en círculos en los remansos, atascándose a veces entre las piedras y las plantas de la orilla… dicen que Antü, el padre Sol, desde le cielo, descubrió el cofre por el brillo de su cerradura de oro y decidió protegerlo, dándole calor o sombra según lo necesitara… hasta que, cierto día, un hombre viejo que pasaba junto al lago vio el cajoncito brillante, muy cerca de la costa, entonces lo saco del agua y se lo llevo a su casa, admirado de su hermosa cerradura dorada, pero no lo abrió enseguida porque era la hora de comer y no quería hacer esperar a su vieja esposa.

             La pareja comía su chaskiñ cuando escucho unos sonidos extraños, como el entrechocar de huesos, que provenían del cofre. Lo abrieron con cuidado y encontraron a los rubios mellizos de hermosos cabellos entre los cuales se destacaba, mas largo y brillante, un pelo de oro.

            Los viejos mapuches se asombraron mucho de los recién nacidos, que se pusieron a crecer ostensiblemente apenas los alzaron del cajón. Y los criaron con amor, aun sabiendo que nunca serian como ellos esos extraños y hermosos niños que nunca comían, y que, sin embargo, se hacían tan grandes como hijos de dioses.

            Un día, mientras el inca paseaba tristemente por las inmediaciones del lago, pensando, como siempre, en que era un padre sin hijos, un esposo sin esposa y en que nunca comprendería bien por que, vio a los mellizos que jugaban junto al bosque. Le atrajeron de inmediato esos chicos solitarios, un niño y una niña, que tendrían la edad de los suyos si estos hubieran sido humanos como se esperaba… quiso conversar con ellos y, al acariciar la cabeza del varón, sintió en su palma el pelo de oro. Y de esa manera, en un instante, los tres se reconocieron. Pero el muchachito enfrento al inca con violencia:

              – ¡No podemos llamarte padre! Echaste a mama del palacio. Pasa frío y hambre entre los perros. Se abriga con un cuero pelado y tiene que disputarle la comida a los animales. Era una reina y vive peor que un perro, porque piensa y recuerda… Te repito: no podemos llamarte padre.

              Conmocionado, el inca mando que llevaran a los mellizos al palacio de Litrán. Una vez allí, su hijo volvió a increparlo:

              – ¡Queremos ver a mama ahora mismo! No nos quedaremos ni un minuto si no la liberan y le devuelven el respeto que se merece. Si no es así, te juro que no mandaras por mucho tiempo.

             El inca obedeció, y así fue como Painemilla y sus hijos se reunieron, se conocieron y no se separaron nunca más.

              De Painefilu, la traidora, se vengaron sus propios sobrinos. La ataron, la empujaron afuera del palacio y la obligaron a sentarse sobre una roca. Entonces el muchacho sacó un objeto que tenía guardado, alzó hacia el sol la pequeña piedra transparente y rogó:

              – ¡Ayúdame, Antü! ¡Que todo tu calor atraviese mi piedra mágica! ¡Que se convierta en rayo, en antorcha, en la llama más azul, para destruir a Painefilu!

              El prodigio se cumplió, y de Painefilu solo quedo un montón de cenizas. Pero un pedacito de su corazón no alcanzo a quemarse, y cuando llego el viento a dispersar los vestigios, de entre el remolino ceniciento salió volando un pajarito tornasolado.

              Era el pinsha, el picaflor, que según los mapuches predice la muerte, que vive inquieto y triste como Painefilu. No se posa en las ramas ni roza con sus alas el follaje como los otros pájaros; tiembla, tiembla de miedo constantemente y, como si esperara un castigo, se esconde en cavernas oscuras o se aferra con desesperación a los acantilados.

 

Fuente: Geocities.com

 

 

 

 

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RICHARD

 

 

 

El Girasol

 

 

 

 

EL GIRASOL

(Leyenda guaraní)

 

 

       Pirayú y Mandió eran caciques de distintas tribus ribereñas : vivían a ambos lados del río Paraná. Sus pueblos intercambiaban productos de artesanías, compartían pacíficamente los predios para caza y pesca y celebraban sus festividades en común.

       Cierta vez Mandió sugirió a Pirayú que unieran sus tribus por medio del matrimonio :"Dame tu hija, Pirayú, y nuestros pueblos se unirán para siempre", expresó. Pirayú, meneó gravemente la cabeza : "me temo que es imposible, Madió. Mi hija  Caranda – i (palmera) no consiente en casarse con nadie, pues ha ofrecido su vida al dios Sol. Desde pequeña, suele quedarse horas contemplándolo, y parece que no puede vivir sin él, pues los días nublados la ponen triste y meditabunda. No puedo casarla contigo".

       Los ojos de Mandió brillaron con ira : "¡Te equivocas, Pirayú, si piensas que olvidaré este desprecio !. Y el soberbio cacique se retiró intempestivamente de la tienda de Pirayú, dejando a éste sumido en hondas meditaciones. Sabía que su pueblo corría un grave peligro, pues Mandió jamás olvidaba un agravio.

       Pasaron varias lunas sin que nada aconteciera. Por fin, una tarde en que Caranda se había alejado con su flexible igá (canoa) para contemplar libremente la caída del Sol sobre el río, vio resplandores de fuego sobre su aldea. Llena de funestos presentimientos, remó rápidamente hacia la orilla y procuró desembarcar. Pero unos brazos de acero la apresaron y trabaron sus movimientos, mientras la voz de Mondió resonaba en sus oídos : "¡Pídele a tu dios que te libere de mi venganza, desdeñosa princesa, pues ni tú ni tu tribu serán capaces de hacerlo !."Y su risa cruel avivó la angustia de la doncella. Esta, mientras procuraba infructuosamente liberarse de su captor, rezaba en muda oración a su dios : "¡Oh, Guarahjí (Sol), no permitas que Mandió lleve a cabo su malvado intento !".

       Y el dios de los Potentes Rayos, el Guarahjí de los guaraníes, lo oyó. Envió hacia la joven un remolino de potentes rayos que la envolvieron y la hicieron desaparecer ante los ojos atemorizados de Mandió. En su lugar, brotó una esbelta planta con una flor hermosa y grande, cuya dorada cabecita seguía el curso del Sol en el cielo, como antes lo solía seguir la piadosa hija de Pirayú.

       Y así fue, según cuentan los guaraníes, cómo nació el gisol.

 

- Por Beatriz Parula -

Fuente: Portal Informativo de Salta

 

 

 

AMA Y DÉJYE AMAR

Por siempre…

RICHARD

 

 

 

La ciudad de Esteco

 

 

 

LA CIUDAD DE ESTECO

(Leyenda Argentina)

 

 

              La ciudad de Esteco era, según la leyenda, la más rica y poderosa de las ciudades del norte argentino. Se levantaba en medio de un fértil y hermoso paisaje de la provincia de Salta. Sus magníficos edificios resplandecían revestidos de oro y plata.

              Los habitantes de Esteco estaban orgullosos de su ciudad y de la riqueza que habían acumulado. Usaban un lujo desmedido y en todo revelaban ostentación y derroche. Eran soberbios y petulantes. Si se les caía un objeto cualquiera, aunque fuese un pañuelo o un sombrero, y aun dinero, no se inclinaban siquiera para mirarlos, mucho menos para levantarlos. Sólo vivían para la vanidad, la holganza y el placer. Eran, además, mezquinos e insolentes con los pobres, y despiadados con los esclavos.

              Un día un viejo misionero entró en la ciudad para redimirla. Pidió limosna de puerta en puerta y nadie lo socorrió. Sólo una mujer muy pobre que vivía en las afueras de la ciudad con un hijo pequeño, mató la única gallinita que tenía para dar de comer al peregrino.

              El misionero predicó desde el púlpito la necesidad de volver a las costumbres sencillas y puras, de practicar la caridad, de ser humildes y generosos, y todo el mundo hizo burlas de tales pretensiones. Predijo, entonces, que si la población no daba pruebas de enmienda, la ciudad sería destruida por un terremoto. La mofa fue general y la palabra terremoto se mezcló a los chistes más atrevidos. Pedían, por ej., en las tiendas, cintas de color terremoto.

              El misionero se presento en la casa de la mujer pobre y le ordenó que en la madrugada de ese día saliera de la ciudad con su hijito en brazos. Le anunció que la ciudad se perdería, que ella sería salvada por su caridad, pero que debía acatar una condición: no volver la cabeza para mirar hacia atrás aunque le pareciera que se perdía el mundo; si no lograba dominarse, también le alcanzaría un castigo.

              La mujer obedeció al misionero. A la madrugada salió con su hijito en brazos. Un trueno ensordecedor anunció la catástrofe. La tierra se estremeció en un pavoroso terremoto, se abrieron grietas inmensas y lenguas de fuego brotaban por todas partes. La ciudad y sus gentes se hundieron en esos abismos ardientes. La mujer caritativa marchó un rato oyendo a sus espaldas el fragor del terremoto y los lamentos de las gentes, pero no pudo más y volvió la cabeza, aterrada y curiosa. En el acto se transformó en una mole de piedra que conserva la forma de una mujer que lleva un niño en brazos. Los campesinos la ven a distancia, y la reconocen; dicen que cada año da un paso hacia la ciudad de Salta.

 

- Berta E. Vidal de Battini -

Cuentos y leyendas populares de la Argentina

Consejo Nacional de Educación, 1960.

 

 

 

              Vagos indicios recuerdan, en el campo asolado, el asiento de la opulenta ciudad de Esteco tragada por la tierra en castigo de sus soberbios habitantes.

              La primitiva ciudad de Esteco estuvo situada en la margen izquierda del río Pasaje, ocho leguas al sur de El Quebrachal, en el departamento de Anta, Salta. Cuando Alonso de Rivera en 1609 fundó la ciudad de Talavera de Madrid, los antiguos pobladores de Esteco – que en parte vivían en la población próxima que la reemplazó, Nueva Madrid de las Juntas – vinieron a ella y comenzaron a llamarla la Esteco Nueva, nombre que se impuso sobre el oficial. Pronto se enriqueció por ser un centro de intenso comercio. Según el famoso padre Bárzana. El P. Techo dice que fue destruida por un gran terremoto en 1692. Sobrevive su nombre en un topónimo, la Estación de Esteco, en la comarca en que existió la ciudad antigua.

              La leyenda popular mantiene vivo, al cabo de siglos, el recuerdo de la ciudad de Esteco, una, entre otras, de las ciudades fundadas por los españoles que por causas diversas desaparecieron en la época de la colonización.

              Probablemente fue destruida por los indios y sus habitantes buscaron un nuevo emplazamiento: Esteco la Nueva, a la que según Juan Alfonso Carrizo, en su "Cancionero de Salta", se refiere la leyenda, ya que tuvo un rápido enriquecimiento, y algunas crónicas y tradiciones mencionan la posibilidad de fuertes movimientos sísmicos en el lugar, Ricardo Molinari y Manuel Castilla han dedicado sendas elegías a la ciudad de Esteco. La copla admonitoria recuerda a los que perseveran en el mal: "No sigas ese camino / no seas orgulloso y terco / no te vayas a perder / como la ciudad de Esteco."

 

NO SIGAS ESE CAMINO

 

No sigas ese camino

no seas orgulloso y terco

no te vayas a perder

como la ciudad de Esteco

¿Dónde están, ciudad maldita,

tu orgullo y tu vanidad,

tu soberbia y ceguedad,

tu lujo que a Dios irrita?

¿Dónde está, que no hallo escrita

la historia de tu destino?

Sólo sé de un peregrino

que te decía a tus puertas:

- ¡Despierta, ciudad, despierta,

no sigas ese camino!

 

Y orgullosa, envanecida,

en los placeres pensando,

en las riquezas nadando

y en el pecado sumida,

a Dios no diste cabida

dentro de tu duro pecho

pero en tus puertas un eco

noche y día resonaba,

que suplicándote estaba:

-no seas orgulloso y terco.

 

Y nada quisiste oir,

nada quisiste escuchar,

y el plazo te iba a llegar,

la hora se iba a cumplir

en que debías morir

en el lecho del placer,

sin que puedas merecer

el santo perdón de Dios,

pues nadie escuchó la voz:

-¡No te vayas a perder!

 

La tierra se conmovió

y aquel pueblo libertino,

que no creyó en el divino

y santo poder de Dios,

en polvo se convirtió.

Cumplióse el alto decreto,

y se reveló el secreto

que Dios tuvo en sus arcano.

¡No viváis, pueblos cristianos,

Como la ciudad de Esteco!

 

 

- Horacio Jorge Becco -

Cancionero tradicional argentino

Buenos Aires, Hachette, 1960.

 

 

 

              En su "Romancero Criollo", León Benarós nos describe también muy fiel y amenamente esta antigua leyenda: 

 

ESTECO SE ESTÁ PERDIENDO

 

Salta, saltará, San Miguel florecerá    

y Esteco se hundirá.    

Profecía popular de la época    

 

Lo que suceder debía,

cabalmente sucedió:

Esteco se está perdiendo,

Esteco ya se perdió.

"Ciudad orgullosa y terca

-te decía un peregrino-,

no te vayas a perder,

no sigas ese camino".

 

Ay, ese día entre todos,

ese trece de septiembre.

Quién quedará por memoria,

quién que sobre ruinas siembre.

 

Ay, año de mil seiscientos

noventa y dos, enlutado.

Quién quedará que entre escombros

no esté muerto y sepultado.

 

Torres, cúpulas doradas

y techos de pedrería.

Altares de la soberbia:

todo a los suelos venía.

 

Cien chorros de aguas hirvientes

de la tierra brotan luego.

Desde lo profundo suben

unos hálitos de fuego.

 

¿Qué quieren los algarrobos,

que buscan las verdes breas,

librando sobre las ruinas

sus combates y peleas?

 

Si ya nada queda en pie,

si el duelo todo lo ha envuelto.

Si apenas cantando, triste,

se mira un pájaro suelto.

 

Allí fueron los tapices.

Allí la gran platería.

Allí las almas en pena

se lamentan todavía.

 

Allí Esteco a su castigo

rindió duro vasallaje,

donde el río de Las Piedras

se junta con el Pasaje.

 

Nada queda de esos muros

en que el vicio alzó su templo.

Hagan memoria, señores,

para que sirva de ejemplo.

 

- León Benarós -

(Romance Criollo)

 

Fuente: Folklore del Norte Argentino

 

 

 

AMA Y DÉJATE AMAR

Por siempre…

RICHARD

 

 

 

La leyenda del Irazú

 

 

 

 

LA LEYENDA DEL IRAZÚ

(Costa Rica)

 
 
 
 
 
              La luna llena plateaba la noche repleta de calma. Sentada a la orilla de un perezoso riachuelo, una pareja de enamorados conversaba quedamente. Ella frágil, esbelta y dulce, hija del cacique. El fsicj ágil, alto y fuerte, renombrado cazador y temido guerrero. La luna, testigo de su cariño, conocía de sus planes, de su constancia, zozobras y amoríos. Miraban plácidamente la inmensidad del cielo, con las manos entrelazadas, prometiéndose amor eterno, escuchando el bullicio silencioso de la plácida noche. Súbitamente, el silencio se interrumpió al crujir dolorosamente una rama seca que se quebraba. El guerrero de un salto se puso en pie con el filoso puñal desenfundado pero… el inquietante ruido no se repitió más, la armoniosa calma continuó. Una suave brisa transportaba el perfume de las fragantes flores silvestres.
 
             La aldea, con sus pequeñas y numerosas chozas, con su imponente palenque y su majestuoso templo al Dios Sol, permanecía despierta. En las chozas, grupos familiares conversaban y reían al calor de los chispeantes fogones. En el templo, solemne silencio llenaba todos los rincones, la estatua de piedra erigida al Sol reflejaba, inconstantemente, las rojizas llamas de la tea permanente encendida en su honor.
 
              En el palenque, los principales de la tribu oían, entre olores a carne asada y chicha de maíz, leyendas de los héroes del lugar, contadas cadenciosamente por un anguloso servidor del templo del Sol, quien, con mano hábil, golpeaba un tosco tambor que resonaba con furia cuando el relato se refería a momentos de peligro o heroísmo. El viejo cacique, sentado en sitio preferente, escuchaba con atención. Su rostro, cruzado por profundos surcos de experiencia, brillaba como si fuera de bronce, iluminado por las amarillentas llamas del fogón expresando intensa serenidad.
 
              Como un felino entra en su cueva cuando no lo amenaza peligro alguno, así entró, arrogante y silencioso, el gran sacerdote al palenque. Paso a paso atravesó el lugar hasta acercarse al patriarcal jefe. Susurrante empezó su relato. Ninguno de los presentes oyó ni una palabra con claridad. El rostro del anciano, que reflejaba serenidad completa segundos antes, empezó a cambiar sucesiva y rápidamente de expresión.
 
              Las llamas, primitivos reflectores, iluminaban la transfiguración: disgusto… apatía… leve interés… profunda atención… sorpresa… tristeza… enojo… cólera… furia.
 
              El cacique lentamente se incorporó. El narrador automáticamente cortó su relato. El gran sacerdote, de ojos negros pequeñísimos y refulgentes, se apartó de su lado y el anciano, con paso lento pero firme, se dirigió hacia el templo.
 
              Ante el monumento al Sol, rasgando sus vestiduras clamó: Sol todopoderoso, oh Dios inmenso! Con profundo dolor vengo hoy, triste día, a pedirte clemencia para nosotros y castigo ejemplar para quien no supo obedecer tus inflexibles mandatos. Mi hija, mi propia hija, insensatamente ha querido por mucho tiempo a un guerrero de la tribu de cazadores, enemigo de nuestra raza y nuestra religión. Por su sacrilego pecado, oh dios, te pido castigar su falta y maldecir al miserable infiel. Quejumbroso, al cacique continuó suplicando, primero con voz sonora y fuerte, luego con gritos poderosos, ensordecedores. La calma de la aldea fue desalojada por los retumbantes gritos del viejo que pedía, al Sol Dios, ejemplar castigo que fuese lección eterna para los pecadores irreflexivos y desenfrenados.
 
              El Dios… le oyó. Con mano omnipotente tomó a la dulce y enamorada muchacha y con furia le incrustó en el azul del cielo, en el azul intenso, en el azul profundo, convirtiéndose en suave, blanca y vaporosa nube que engalanó por primera vez el cielo de Costa Rica.
 
              El Dios vengativo no tocó al bravo guerrero, viril y valiente. Murió de soledad jurando luchar eternamente por alcanzar a su amada.
 
              Como era tradicional, el intrépido guerrero fue enterrado en la llanura con los ritos y ceremonias dignos de sus méritos y rangos.
 
              Sus amigos abandonaron pronto el lugar dejando en la tumba el cuerpo yerto, guardián del juramento eterno. Esa misma noche la tumba quebró la monotonía de la llanura, empezando a crecer. Con esfuerzo titánico creció convirtiéndose en túmulo, lentamente de túmulo en duna, despaciosamente de duna en loma, de loma en montaña, de montaña en el imponente Irazú. Irazú, centinela gallardo de aquella llanura. El juramento estaba cumplido…
 
              En las mañanas frías, la nube blanca, vaporosa y femenina, cariñosamente envuelve al gigantesco Irazú, guerrero viril, disfrutando eternamente de su amor, el cual ni el omnipotente Dios del viejo cacique logró romper.

 

FUENTE: Castro, G. (1957)

 
 
 
 
 
 
AMA Y DÉJATE AMAR
 
Por siempre…
 
RICHARD
 
 
 
 

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